sábado, 25 de febrero de 2012

Si yo soy tu siervo, ¿por qué me perjudicas? (Números 11:11)


Nuestro Padre celestial nos envía problemas frecuentes para probar nuestra fe. Si nuestra fe tiene algún valor, resistirá la prueba. El brillo falso tiene temor del fuego, pero no el oro. La joya de imitación teme ser tocada por el diamante, pero la verdadera joya no tiene temor de la prueba. Es pobre la fe que solo puede confiar en Dios cuando los amigos son verdaderos, el cuerpo está con plena salud y los negocios son lucrativos, pero es verdadera la fe que se sostiene por la fidelidad de Dios cuando los amigos se han ido, cuando el cuerpo se enferma, cuando el espíritu se deprime y cuando la luz del rostro de nuestro Padre está oculta. Una fe que puede decir ante un terrible problema: “Aunque él me mate, seguiré esperando en él” (Job 13:15), es una fe nacida en el cielo.

El Señor aflige a sus siervos para que lo glorifiquen, pues Él es glorificado en gran manera en las alabanzas de su pueblo, que son la propia obra de sus manos. Cuando el “sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza” (Romanos 5:4), el Señor es honrado por esas virtudes crecientes.

Nunca conoceríamos la música del arpa, si las cuerdas se dejan sin tocar; ni disfrutaríamos el jugo de la uva, si no se pisan en el lagar; ni descubriríamos el perfume dulce de la canela, si esta no se muele y sacude; ni sentiríamos el calor del fuego, si los carbones no estuvieran completamente consumidos. La sabiduría y el poder del gran Jornalero se descubren por las pruebas que permite que atraviesen sus vasijas de misericordia. Las presentes aflicciones tienden también a intensificar el gozo futuro. Debe haber sombras en el cuadro para sacar a relucir la belleza de las luces. ¿Podríamos ser tan soberanamente bendecidos en el cielo si no conociéramos la maldición del pecado y la aflicción de la Tierra? ¿No acentuará el recuerdo de los sufrimientos pasados el trabajo del glorificado?

Hay muchas otras respuestas agradables a la pregunta con la cual abrimos nuestra breve meditación, meditemos sobre ellas durante todo el día.

Charles Spurgeon

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